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30 de agosto de 2014

¿Agnóstico, yo?

Soy agnóstico sólo en el sentido metodológico que planteó ThomasH. Huxley (el creador del término), en oposición a la tradición gnóstica cristiana que sostiene que la existencia de dios sólo puede conocerse por medio de la revelación y sólo se puede sostener a través de la fe. Para Huxley, esta imposibilidad de probar la existencia divina es motivo para no aceptarla ni rechazarla, y ahí es donde yo discrepo, con mi manera personal de entender la navaja de Ockham: si en la práctica podemos dejar de lado una entidad como si no existiera, entonces podemos asumir, para todo fin práctico, que no existe.

En mi opinión, probar (en el sentido de poner a prueba) la existencia de dios depende de definirlo adecuadamente, por lo que más que como agnóstico se me puede definir en principio como ignóstico, y sólo en caso de que la imposibilidad de probar su inexistencia forme parte ineludible de la definición se me podría considerar agnóstico en todo el sentido de la palabra.



9 de enero de 2014

Guillotina de Ockham

-…Y entonces yo sacaba mi espada láser.
-Pero yo tenía un escudo láser.
-Pero mi espada láser era verde, y el verde atraviesa el rojo de tu escudo.
-Pero yo era inmune a los rayos láser.
-Entonces yo…

En los juegos de los niños es frecuente encontrarse que, a mitad del desarrollo fantástico, aparecen nuevos personajes, objetos, propiedades. Eso está muy bien para fantasear, sin duda.

Pero si se trata de apegarnos a la realidad, por ejemplo para demostrar si algo existe, no deberíamos hacer eso. Habríamos de ceñirnos a lo que la realidad nos muestra. Ya decía Aristóteles que debemos asumir como superior a la demostración que deriva de menos postulados o hipótesis (Segundos Analíticos, Libro I, sección25, inciso 2). O, como lo dijo John Punch con bastante más punch: “las entidades no deben multiplicarse de manera innecesaria”.

Sin embargo, es lamentablemente frecuente, sobre todo al tratar de demostrar la existencia de dios, que este principio elemental sea violado.

Por ejemplo, para la muerte (un hecho concreto que no tenía explicación) se inventa una entidad que la rige: un dios. A esa entidad se le asigna nombre (llamémosle, en un alarde de creatividad, Dios) y propiedades sobrenaturales: si hubieran podido explicar la muerte de manera natural, no habría necesidad de dioses pues ya la tendrían explicada. Así, la muerte es controlada por Dios que es omnipotente, eterno y omnisciente. Y luego si es necesario probar su existencia, digamos que tiene la propiedad de escapar al entendimiento humano. Y entonces a la pregunta de cómo conocemos su existencia, digamos que tenemos un sexto sentido para percibirlo. ¿Y los ateos? Propongamos que ellos lo tienen atrofiado por pecaminosos…

Esperen, no se rían. Al menos no todavía. Es un argumento que en verdad se ha usado, y de manera seria: el “sexto sentido” fue propuesto por Jean Cauvin cosa de 500 años antes del presente, y le llamó sensus divinitatis (“sentido de la divinidad”); hace algo más de una década el notorio camandulero Alvin Plantinga defendió la idea calvinista aduciendo que este sentido deja de funcionar correctamente debido al pecado.


A veces siento que en vez de la navaja de Ockham necesitamos una guillotina para eliminar patrañas de este tamaño.