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6 de enero de 2014

Perfección

Un punto crucial del argumento ontológico plantea que lo perfecto tiene que existir, pues de lo contrario no sería perfecto ya que lo que existe es necesariamente mejor que lo inexistente, que lo que existe es mejor que lo que sólo se imagina. Que la Mona Lisa es necesariamente superior a lo que Leonardo imaginó.

Yo creo que Anselmo de Aosta, el primero en plantear esta línea de pensamiento, no era artista. Ni perfeccionista. Ni sufría TOC. Seguramente ni siquiera revisaba lo que escribía: ¿de qué otra manera se puede concebir que, digamos, una frase mal redactada y con errores de ortografía sea considerada mejor que el pensamiento que le dio origen? Si lo fuera, no habría que corregirla para acercarla a un ideal (por definición, algo sólo pensado), en mi humilde opinión.


Quizá me equivoque y sea mi mente obsesiva lo que me haga creer que las cosas reales nunca alcanzan la perfección imaginada y, por lo mismo, siempre se pueden corregir. 

En todo caso, hablaría muy mal de la posible existencia de dios que un argumento así de malo en su favor no se pueda perfeccionar: sería la mejor prueba de su existencia. Y Anselmo se metería solito el pie.

Gaunillada

Imagina, querido lector, un país perfecto. Tendría leyes perfectas, ciudadanos perfectos, políticas perfectas… Sin duda, todos querríamos vivir ahí; no me explico por qué no nos hemos mudado todos a ese país, pues no se puede dudar de su existencia. ¿No lo crees así? Criatura de poca fe, te ofrezco la prueba de su existencia: para ser perfecto, dicho país tiene que existir, pues no hacerlo sería una imperfección; de modo que si puedo concebir un país perfecto, debo concebirlo como existente y, por ende, existe o no es perfecto.

Absurdo, ¿verdad? Ridículo, también., no me lo vas a negar. Ahora cambia “país perfecto” por “ser perfecto”, alias dios: dios es el ser perfecto, dado que si no existiera sería imperfecto, entonces debe existir. Eso es, en esencia, el argumento ontológico, expuesto por pensadores de la talla de Anselmo de Canterbury (Doctor de la Iglesia) y René Descartes.

Para mostrar lo inadecuado de este argumento, basta con repetirlo con otras entidades imaginarias perfectas, como el país que propuse en el primer párrafo, un coche o una isla, como la que propuso Gaunilo de Marmoutier (quien no pretendía negar la existencia de dios, sino sólo mostrar lo absurdo del planteamiento de Anselmo) hace casi mil años.

La única manera en que el argumento ontológico puede escapar al ridículo es recurrir a las trampas, como hace Alvin Plantinga, e inventarle a dios la propiedad de no poder ser analizado como los demás seres… Pero, si la existencia es la propiedad que comparten en común todos los seres que existen, si dios existe tiene esa propiedad en común con los demás seres, por lo que puede ser analizada de la misma manera en común. O no existe. 

Claro, salvo que su existencia no sea común y, entonces, primero se tendría que probar que existe dicha existencia, para luego poder decir que dios existe de esa manera. Por supuesto, sin recurrir a decir que la prueba de que dicha existencia existe es que sólo entonces existiría dicha criatura perfecta que existe de manera diferente, pues es otra isla de Gaunilo disfrazada y el ridículo seguiría ad infinitum.